Asia hace cola para llenar el depósito o teme hacerlo en breve y el gran beneficiario es Rusia. Este es uno de los efectos más visibles de la patada al tablero geopolítico propinada por EE.UU. e
Israel el pasado 28 de febrero. El anunciado cierre selectivo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, en respuesta a aquella agresión, ya está redefiniendo las alianzas del continente más expuesto. Sobre el que planea el riesgo de parálisis económica y de un estallido social por falta de combustible. El apagón diseñado para Cuba, de repente, amenaza a casi todas las sociedades asiáticas, desde Taiwán a Birmania, en caso de prolongación de la guerra. Algunas de ellas, como
India, Pakistán, Bangladesh, Filipinas, Nepal o Sri Lanka se exponen a dos bofetadas simultáneas: El cierre del grifo del combustible y el de las remesas de millones de emigrantes al golfo Pérsico. Rusia, esa “gasolinera con ojivas nucleares”, resulta ahora providencial para Nueva Delhi. Las refinerías estatales y privadas indias acababan de dar la espalda al petróleo ruso, en los primeros meses de 2026, tras casi cuatro años de compras masivas a precio de descuento. Era el peaje para que
Donald Trump rebajara unos aranceles del 50% para los productos indios. Sin embargo, tras el 28 de febrero, los importadores indios se aseguraron suministros rusos, ahora sin rebajas. Ante el hecho consumado, el secretario del Tesoro de EE.UU.,
Scott Bessent, dijo haberles dado el permiso, que al cabo de una semana generalizó.
India, al fin y al cabo, es un aliado histórico de Rusia. Mucho más llamativo es el cambio de rumbo en Filipinas, cuya única refinería acaba de recibir su primer cargamento de petróleo ruso -dos millones y medio de barriles- en cinco años. Filipinas, con 117 millones de habitantes, depende del petróleo del golfo Pérsico en un 90% y solo tiene reservas para tres semanas. Acuciado, el presidente
Ferdinand Marcos, no solo tiende puentes con Moscú, sino que intenta reparar la relación con Pekín. Tanto es así que incluso ha ofrecido a su homólogo Xi Jinping la exploración conjunta de yacimientos en aguas en disputa en el mar de la
China Meridional.A la “emergencia energética” decretada la semana pasada desde Manila, se suma el asombro porque Irán haya fulminado objetivos militares estadounidenses en ocho países. No en vano, la reapertura de bases de EE.UU. en el archipiélago filipino lleva el sello de
Ferdinand Marcos. Otros países, como Tailandia e Indonesia, estudian establecer contratos de suministro de crudo ruso a largo plazo. Yakarta, asimismo, sondea a la rusa Rosatom para construir su primera central nuclear. Quien ya ha roto el hielo es Vietnam, cuyo primer ministro viajó la semana pasada a Moscú para firmar un acuerdo con la misma empresa atómica, además de tratos petrolíferos. Se trata de una corrección de rumbo, puesto que hace doce años, Hanoi se retractó de su decisión de convertirse en el primer país del sudeste asiático con reactores nucleares, de la mano de Rosatom. Aunque los argumentos fueron económicos (transición a renovables) y ecológicos (efecto Fukushima) también se evitaba provocar a EE.UU., en un momento de bonanza de sus inversiones fabriles en Vietnam. Esos reparos han sido disipados por una emergencia energética que no sustituye a la emergencia climática, sino que se añade a esta. Mientras tanto, en Bangladesh, la inauguración del primer reactor nuclear ruso -retrasada por el gobierno interino- deberá ser abrazada en los próximos meses por el nuevo gobierno, pese a su identificación con la primera ministra defenestrada, Sheij Hasina. Su apurada situación energética no le permite a Bangladesh tirar a la basura la mayor inversión de su historia, por rencillas y acusaciones de corrupción. Como sí sucedió en Filipinas con la central nuclear de Westinghouse en Batán, que nunca produjo ni un kilovatio. De modo que la bonanza para Rusia no se limita al petróleo, ni al gas. Aunque
China se comprometa a aumentar sus importaciones con otro gasoducto aprobado en su nuevo plan quinquenal. También las exportaciones de carbón o fertilizantes con destino a
Asia se están disparando. En países como
India, a las centrales térmicas de carbón se les está alargando la vida. El Japón posterior al desastre nuclear de Fukushima, de hecho, importa 25 millones de toneladas de carbón ruso al año. Asimismo, Washington nunca se ha atrevido a objetar las compras de gas licuado ruso procedente de la cercana isla Sajalín, con un yacimiento en el que participan de hecho Mitsubishi y Mitsui. En Japón es enfermiza la obsesión por la seguridad energética, con la que justificó en su día el bombardeo de Pearl Harbor. Por su parte, la principal empresa química de Corea del Sur, LG Chem, compró a Rusia 27.000 toneladas de crudo. Aunque su dependencia es aún más clara en el caso de la nafta. Aunque Taiwán no le va a la zaga. Fue el primer cliente de la nafta rusa, antes de cortar sus importaciones a cero en enero, a instancias de EE.UU.. Pero ahora ha tenido que declarar fuerza mayor. Que no haya sido objeto de censura tal vez tenga que ver con el empleo de derivados de la nafta en la fabricación de semiconductores, para TSMC, Nvidia, AMD o Intel. Los fertilizantes rusos, por último, son ahora cruciales. Nada evitará ya un repunte de la inflación y del déficit, como nada ha impedido -solo amortiguado- la subida de la gasolina. Pero lo más urgente en cuestión de meses será que las cosechas no disminuyan y que el precio de los alimentos no se dispare, con consecuencias trágicas. Cuando se habla del estrangulamiento de Ormuz se olvida que el cuello en cuestión es el de
Asia, destino del 90% de su petróleo y del 80% de su gas. Por mucho que el precio del barril de crudo sea internacional. Rusia lo aprovecha para ampliar mercados, promoviendo contratos a largo plazo, a mejor precio y añadiendo productos refinados. En definitiva, situando sus exportaciones al nivel que tenían antes de las sanciones. Con una diferencia:
Asia ha tomado el relevo de Europa. Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.