Desde hace unos años ha salido a la luz un problema, tal vez endémico, en las aulas: el bullying. Esa palabra inglesa, que podríamos traducir por acoso o, más genuinamente, matonismo, nombra una acción de maltrato sistemático, ya sea físico o psicológico, sobre un niño o una niña o sobre un grupo. Quienes ejercen esa intimidación son escolares del aula, generalmente capitaneados por un matón o una matona. Es un conflicto gravísimo, que tiene consecuencias muy serias para la salud física y mental de las víctimas, que pueden ser arrastradas a un desenlace fatal.Cuando en un centro se produce una situación de este porte, es vital no mirar hacia otro lado, sino tratar de atajarla de inmediato. La novela Ojo de gato de
Margaret Atwood permite ponerse en la piel de una mujer que revive una supuesta amistad adolescente, marcada por el control psicológico, la humillación y la exclusión. Las familias, los lugares de trabajo, los barrios, los países no están libres de situaciones de bullying. APU GOMES / AFPEn la esfera internacional, durante muchos años –sobre todo a partir de la
Segunda Guerra Mundial– se había conseguido una relativa cooperación internacional por medio del multilateralismo. El multilateralismo es una forma de combatir problemas comunes a todos los estados, pero que, individualmente, resultan imposibles de resolver porque superan las capacidades propias. La máxima expresión de ese fair play ha sido la ONU, que ha trabajado según los principios del derecho internacional y ateniéndose al diálogo y a la diplomacia.En los últimos años, ha aparecido un poderoso matón que, con sus bravuconadas, ha desbaratado la escena internacional. Ese matón, como cualquiera, se caracteriza por acciones de hostigamiento sostenidas en el tiempo. Para el matón, el poder es una cuestión central, en consecuencia, necesita usar la intimidación para marcar la jerarquía, y disfruta sometiendo a los demás.Usa la violencia verbal: “Si Irán quiere luchar, será el fin oficial de Irán. Nunca vuelvan a amenazar a Estados Unidos”. Usa la violencia física: ataca Irán saltándose todas las reglas internacionales. Usa la intimidación: amenaza con subidas estratosféricas de los aranceles si un país no se somete a sus dictados.
Europa, Canadá y otros aliados deberían unirse frente
Trump para “construir algo mejor”Como cualquier matón no tiene conciencia (y, si la tiene, le da igual) del daño que causa. Justifica el daño: el presidente de
Venezuela es un narcoterrorista, por lo que había que capturarlo. Lo minimiza: ¡bah!,
Europa es decadente y débil.Desde el punto de vista psicológico, se considera que el matón es una persona con una autoestima frágil, que compensa mediante la validación externa de sus palmeros. Y también mejora su autoestima a base de rebajar al otro, lo que, por contraposición, le eleva a él mismo. Además, tiene una escasa resistencia a la frustración y tendencia a transformar en ira cualquier emoción que le deje en un estado vulnerable. Es decir, psicológicamente no es un tipo fuerte ni competente, aunque pretenda parecerlo. Lo que sí tiene claro también, y en eso no se equivoca, es que hay formas de poder aceptadas socialmente, y que dominar da estatus.Arrodillarse ante el matón no hace que sienta empatía. No resuelve el problema, sino que lo agrava y cronifica, porque la víctima le está diciendo exactamente lo que quiere oír: tú ganas, tú mandas y yo obedezco.Enfrentarse a él y vencerlo es posible siempre que se haga en grupo y no individualmente. El grupo rompe la sensación de control del matón, ya que deja de ser él quien marca la norma y eso deriva en sensación de ridículo o en incomodidad. A menudo ponerle límites sociales sin usar sus mismas armas (humillación, violencia…) suele provocar su retirada.
Europa –y otros aliados, por ejemplo, Canadá– deberían unirse frente
Trump. “Construir algo mejor”, como dijo el primer ministro canadiense, Mark Carney. Por otro lado,
Europa debería pensar que no ha sido elegida víctima al azar, sino que cumple con una serie de requisitos: no encaja en la norma dominante (no es
Trump, ni Putin, ni Xi Jinping), tiene menos peso geopolítico y es dependiente en muchos aspectos, tanto industriales como tecnológicos.
Europa necesita pensar cómo recuperar su peso político sin renunciar a sus valores.