Desde tiempos ancestrales, el
Pirineo catalán está poblado de gigantes, brujas y dragones. Seres fantásticos cuyas historias reflejan los temores y anhelos de la sociedad. A su vez, las leyendas sobre romanos, árabes, visigodos y caballeros cristianos tienden a idealizar épocas pasadas. Todo este acervo popular forma parte del paisaje histórico y cultural.Una forma original de explorar en familia las maravillas naturales y arquitectónicas de las comarcas al norte del Principat a través de este imaginario: unos relatos que a menudo perduran a través de visitas teatralizadas y fiestas populares. He aquí cinco propuestas.
Garòs, donde un gigante emuló a ObélixIglesia de Sant Julià de GaròsGetty ImagesGaròs es un precioso pueblecito aranés de cerca de 160 habitantes situado a poco más de cinco kilómetros de
Vielha. Lo cruza la carretera C-28, que conecta con la estación de esquí de
Baqueira Beret. Su arquitectura tradicional de paredes de piedra, tejados de pizarra y postigos de madera –entre callejones estrechos decorados con profusión de flores y enredaderas– armoniza con un entorno de cumbres nevadas.Uno de sus principales atractivos es la iglesia parroquial de Sant Julià, que se cuenta entre las mayores de la
Val d’Aran. Decorada con profusión de pinturas renacentistas y una hermosa cruz de plata, marca el punto de partida del camino del Calvario que lleva a la antigua necrópolis paleocristiana deth Haro. Pues bien: aseguran que en la torre de esa iglesia se encontró el cráneo de un aguerrido gigante llamado
Mandrònius.La iglesia de Sant Julià es punto de partida del camino del Calvario que lleva a la antigua necrópolis paleocristiana deth HarMandrònius era un hombretón tranquilo y pacífico hasta que los romanos, en algún momento del s. I a.C., raptaron a su mujer e hija. Ofuscado por la rabia, el gigante –cual Obélix desenfrenado– se cargó él solo el campamento enemigo. Luego, a modo de advertencia, mandó a
Roma las orejas de los soldados. Tras esta venganza, las versiones difieren. Una asegura que lo liquidaron los propios vecinos de
Garòs por considerarlo un peligro. Otra apunta que se suicidó antes de que llegasen más tropas, para que nunca pudiera decirse que
Mandrònius había perdido una batalla.
Taüll y los campanarios del amorVisita guiada frente al campanario de Sant Climent de
TaüllÒscar Rodbag / Archivo Patronato Vall de Boí
Taüll constituye una de las estampas más auténticas del románico catalán. El municipio, con apenas 300 vecinos, luce dos icónicas iglesias del siglo XII: las de Santa Maria y Sant Climent de
Taüll. Sus frescos, cuyos originales se conservan en el MNAC –el más famoso, el Pantocrátor de
Taüll–, se han sustituido por mappings.Merece la pena recorrer 140 kilómetros desde Lleida, 240 desde Zaragoza o 300 desde Barcelona para llegar, siguiendo la carretera que lleva a la estación de esquí de Boí
Taüll –la L501–, a este rincón de serena belleza. Silencio, nieve en el horizonte y numerosas opciones para el senderismo, la escalada o la fotografía a las puertas del parque nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici.Según la tradición, el campanario de Sant Climent había sido en origen una torre privada. Pertenecía a un joven de alcurnia, llamado Climent, que estaba perdidamente enamorado de Eulàlia, una chica de Erill la Vall. Para poder saludarse en la distancia, ambos se hicieron construir sendas torres de seis pisos. Pero Eulàlia tenía otro pretendiente: Joan, del municipio de Boí. Él interpuso entre la pareja su propia torre. Aunque, al no ser tan rico, no pasó de cuatro pisos.Climent moriría dejando a Eulàlia embarazada, justo antes de casarse con ella. Entonces, para evitar un escándalo, la muchacha decidió desposarse con Joan. Eso sí, a condición de no compartir jamás su lecho. Años después, el Papa los canonizó a los tres. A Climent, por su proverbial generosidad. Y a Eulàlia y Joan, por su casto matrimonio. Fue entonces cuando las torres se transformaron en campanarios. Tres campanarios prácticamente alineados.El bosque andante de Castell de MurVista del castillo de Castell de Mur, en la comarca del Pallars JussàSanti RodríguezEl Castell de Mur fue en su tiempo el centro del condado del Pallars Jussà. Un emblema de los castillos de frontera que defendían el territorio conquistado a los musulmanes. Hoy, pasado más de un milenio de su construcción, es el mejor conservado de su clase en toda la comunidad autónoma. Destaca por sus robustos muros perimetrales y sus dos torres; especialmente vistosa, la del homenaje, de planta circular. El recinto incluye la colegiata y la iglesia de Santa Maria de Mur, ambas también de estilo románico.Además, representa un espléndido mirador sobre la Conca de Tremp, la Conca Dellà y el pantano de Terradets. El castillo de Mur, que da nombre al municipio en que se asienta, se encuentra a apenas media hora de la capital de la comarca, Tremp; a hora y media de Lleida, y a menos de tres de Barcelona.Se dice que, años ha, era imposible desalojar a los musulmanes del castillo. Al encontrarse en lo alto de una montaña pelada, sus vigilantes detectaban cualquier incursión al instante. Sin embargo, un día los cristianos tramaron una argucia. Su ejército se camufló con ramas y arbustos, y lentamente avanzó hacia la muralla. Solo la pequeña hija del rey se percató de ese bosque andante. Claro que ningún adulto la tomó en serio, pues ¿cómo iban los árboles a caminar? Gracias a tal descuido, los atacantes lograron cerrar el círculo y asaltar por fin el fuerte.Aristot y sus gallinas con bragasMirador del castillo de Aristot, en Pont de Barjqmj (Queralt) / Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)El pequeño núcleo de Aristot forma parte de una de las localidades más jóvenes de Catalunya: Pont de Bar, nacida en 1970 de la unión de un puñado de poblaciones. El puente del siglo XI que le da nombre, por cierto, se desmoronó en unas inundaciones en 1982.Del castillo de Aristot poco queda. Pero desde el lugar, se disfruta de excelentes vistas sobre el valle del Segre y parte del Alt Urgell. Por contra, se conserva en buen estado la coqueta iglesia románica de Sant Andreu d'Aristot. Este núcleo está a menos de media hora de la Seu d'Urgell y a unos 40 minutos de la frontera con Andorra.Aristot forma parte de Pont de Bar, uno de los pueblos más jóvenes de Catalunya, nacida en 1970Cuenta la leyenda que antes de agregarse, Aristot y Pont de Bar estaba picados. Los de Aristot, situados en un monte, veían con desespero cómo los huevos de sus gallinas rodaban siempre ladera abajo. Allí los recogían los de Pont de Bar, encantados con el subministro gratis. Los de arriba se devanaban los sesos para frenar la fuga. Hasta que un buen día, una niña propuso una solución imaginativa: ¿Por qué no poner bragas a las gallinas?De entrada, todos lo tomaron a burla. Mas al comprobar que el invento funcionaba, las familias se lanzaron a una especie de competición: pasaron de reutilizar trapos viejos para confeccionar bragas a crear finalmente los diseños más vistosos y elegantes. Así pues, Aristot se convirtió en el único lugar del mundo donde las gallinas podían presumir de bragas.Llívia, a lo Romeo y JulietaLlívia desde el castilloCarlos Pino Andújar / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)A pocos minutos de Puigcerdà y completamente rodeada por territorio francés, Llívia rebosa de historia. Precisamente el mejor mirador sobre la villa son los restos de su castillo –derruido por orden de Luis XI, en 1479–. Desde este mirador privilegiado, es fácil identificar el campanario de Nostra Senyora dels Àngels, iglesia del siglo XVI; y junto a ella, la torre de Bernat de So, cuya construcción actual data del mismo siglo, aunque la torre está documentada desde el XIV.Llívia cuenta asimismo con el único foro romano de los Pirineos. Y tampoco se puede pasar por alto la farmacia Esteve, de gran valor patrimonial y que hasta hace poco se consideraba una de las más antiguas –sino la decana– de Europa, aunque una reciente tesis doctoral desmintió el mito.Cada año, en julio, el municipio recrea el amor maldito entre quien fue su gobernador en época musulmana y una princesa visigoda. Sus nombres, Menussa y Lampègia.Un día Menussa acudió a parlamentar con el duque de Carcasona, a la sazón jefe visigodo, para negociar la paz entre sus pueblos. Las conversaciones se alargaron durante días. Y todo ese tiempo, el guerrero estuvo hechizado por la belleza de una joven a la que veía desde la ventana de su habitación, recogiendo manzanas del huerto.Cuando el duque ofreció a Menussa la mano de su hija para sellar la paz, al musulmán no le quedó otra que aceptar. Pero él solo tenía ojos para la doncella de las manzanas. Cuál fue su sorpresa al descubrir que ambas eran la misma persona: su amada Lampègia, que a su vez deseaba en secreto al gobernador de Llívia.Por desgracia, su felicidad no duró mucho. Puesto que el emir de Córdoba, celoso del pacto con los visigodos, envió a sus soldados a liquidar a Menussa. Lo decapitaron y colgaron su cabeza de la cola de su propio caballo, que partió como alma que lleva el diablo. Ese rocín, llamado Lleó, es también protagonista de la representación popular de la historia de Lampègia y Menussa.El apunteEstos relatos son solo una pequeña muestra de la riqueza de mitos que atesora el
Pirineo catalán. Para una relación extensa, se pueden consultar obras como Històries i llegendes dels Pirineus, de Carles Gel, y Pirineu Màgic. Llegendes, de Francesc
Roma i Casanovas (ambas en catalán). Muchísimos puntos de la geografía pirenaica –bosques, montañas, riscos, gargantas o ríos– ocultan tras sus nombres historias fantásticas.