Hace unos días llegó a estas manos un artículo de opinión firmado por
Abbas Asaria en el diario británico
The Guardian. Sale allí citado el colega periodista
Albert Molins, uno de los nuestros.Molins se ha convertido en la Juana de Arco del esmorzar de forquilla desde que decidió montar, allá por el pandémico 2020, una aplicación en
Google Maps con locales donde degustar ese almuerzo robusto y tan catalán como la Moreneta. Y Molins lo petó. No resulta extraño que Esmorzapp –y el libro que vino después– llegaran a oídos de
Abbas Asaria.Grupos de turistas cerca de una de las paradas del Bus Turístic. Àlex Garcia /ArchjvoUnas manitas de cerdo en salsa. Un platito de alubias salteadas con ajo y perejil, acompañado de un violín de patatas fritas. Una ternera con setas. Una tortilla de escalivada... Con todo eso en la mesa, el columnista británico no solo aprovecha la ocasión de la app para reivindicar la tradición gastronómica catalana, sino que también empuja a sus lectores al rincón de pensar.¡Basta ya del brunch!, exclama en el titular, resolviendo el supuesto dilema.‘
The Guardian’ se sirve de la moda del ‘brunch’ en la ciudad para advertir del impacto del turismo en la identidadSigues leyendo y el texto deriva en una crítica gamberra sobre el riesgo de que las masas de turistas acaben por aniquilar la identidad de una ciudad. Lo que le es propio, único e intransferible: las esencias, su cultura. Asaria se sirve del brunch, aunque bien podría haber elegido entre una larga lista de negocios que son absolutamente prescindibles en
Barcelona, que se reproducen al calor de la tontería, la ceguera del ayuntamiento y el TikTok. Locales de cadenas dirigidos a un público de paso –turistas o expats –, no para los barceloneses. El sablazo está asegurado. Cobran precios más altos para afrontar el aumento de alquileres y costes, algo que también acaba repercutiendo en la ciudadanía local.Escribe Asaria: “Tras los meses más tranquilos del invierno,
Barcelona es una de las muchas ciudades europeas que se preparan para otra temporada turística marcada por tensiones crecientes. Sintiendo cada vez más presión ante el aumento de los alquileres y un centro urbano masificado y cada vez más uniforme, los residentes protestan”.Los de aquí miramos boquiabiertos las colas para conseguir mesa en uno de esos cafés del
Eixample, de estética impersonal y clónicos aquí y en cualquier otra gran urbe. El brunch como símbolo. Nos sentimos cada vez más extranjeros en nuestro propio territorio. El paisaje y el paisanaje se vuelven ajenos en el “no lugar”
Barcelona. Según definición del antropólogo francés Marc Augé, los “no lugares” se parecen a las terminales de los aeropuertos: espacios donde se nos despoja de quiénes somos y dónde estamos. Las mismas tiendas, los mismos sitios para comer, todo sin carácter.Recurro de nuevo al columnista de
The Guardian. “Aunque se pueda discrepar de los métodos de los manifestantes contra el turismo de masas en
Barcelona –sobre todo cuando acapararon titulares por rociar a turistas con pistolas de agua–, me resulta difícil no estar de acuerdo con su razonamiento. Cuando tú, como residente, te das cuenta de que ya no eres la respuesta a la pregunta: “Para quién es esta ciudad?”.Por suerte, quedan fronteras. Confines donde aún es posible percibir la vieja melodía de un tiempo hermoso. Si los buscas con paciencia y salivilla, puedes encontrarlos. Que se lo pregunten a Molins.Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de
Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1. Premio Pedro Vega de Periodismo (2025)