Las guerras marcan a fuego la historia de un país: en Líbano –coleccionista de conflictos– sólo generan confusión en las conversaciones. “En la pasada guerra me refugié en mi pueblo en el valle de la Bekaa. En esta, mi pueblo ya no es seguro, así que no hemos tenido otra opción que venir aquí”, dice Um Haidar, desde su precaria tienda de campaña en el paseo marítimo de
Beirut.La explanada de cemento se ha llenado en el último mes de desplazados del sur del país y de los suburbios de la capital. Entre las viviendas improvisadas se alzan dos de las discotecas más exclusivas de la ciudad y el puerto olímpico, cuyos yates recuerdan a un verano más pacífico. Runners y otros especímenes urbanos esquivan grupos de niños en pijama, que juegan bajo el sol.“Nadie te abre la puerta. Los chiíes somos rechazados desde hace tiempo”, dice SorayaSegún las autoridades libanesas, más de 1,2 millones de personas –aproximadamente un cuarto de la población total– han sido desplazadas desde el inicio de la guerra, el pasado 3 de marzo, cuando Hizbulah se unió a la contienda en Oriente Medio en apoyo de Irán con el lanzamiento de misiles contra el norte de
Israel, a lo que
Tel Aviv respondió con una furia inusitada.El ministro de Finanzas
Israelí,
Bezalel Smotrich, prometió convertir las zonas de mayoría chií de Líbano en Gaza. Desde la plataforma X, los portavoces en árabe de las Fuerzas de Defensa de
Israel (FDI) lanzaron órdenes de evacuación para toda la población en estas zonas, algunas veces con sólo horas de antelación.El gobierno libanés abrió las escuelas para acoger al gran número de desplazados que llegaban en masa a
Beirut, pero las plazas se agotaron en cuestión de días.“No tengo sitio a dónde ir. Mi casa en Dahiye (suburbio de
Beirut) ha sido bombardeada. Aunque haya un alto el fuego mañana, no sé que hacer”, expresa preocupada Haidar, de 33 años. Sus seis hijos, cuyos nombres lleva tatuados en cursiva en el brazo, remolonean entorno a ella. Su marido, asegura, sirve en el precario Ejército libanés, aunque su sueldo no alcanza para un alquiler en la capital, donde el alquiler se ha disparado por el conflicto. “Aquí todos tenemos problemas: hijos, enfermedades, falta de trabajo. ¿Cómo vamos a vivir así? Dicen que tenemos un Estado, pero ¿dónde está? Mi marido es militar, y lo quiero mucho, pero ¿qué son 120 dólares para un soldado? No alcanza para nada”.El Estado libanés, en bancarrota desde la crisis bancaria del 2019, no provee de sanidad pública, y el servicio de luz oficial sólo ofrece unas horas al día de luz. “Líbano se está convirtiendo rápidamente en un desastre humanitario”, explica a La Vanguardia Roberta Abdanur, libanesa-brasileña y profesora de derecho internacional humanitario.Tras su experiencia en crisis en medio mundo y en las Naciones Unidas, coordina ahora diversos proyectos de ayuda en el país desde donde su familia emigró hace un siglo, entre ellos la entrega de productos básicos de la oenegé local Boderless. “Voy cada día al paseo marítimo a entregar ayuda a las familias. La falta de agua e higiene dispara el peligro de aparición de enfermedades como la sarna o el cólera”, describe.Una situación que amenaza con emponzoñarse. La aviación
Israelí ya ha destruido pueblos enteros en la frontera e
Israel pretende ocupar una franja de terreno. Si la guerra se alarga, es posible que no quede sur al que regresar.“Son los que más han sufrido, de verdad. Que Dios los proteja. Toda la hospitalidad que había allí ha sido destruida. No queda nada: ni casas, ni tierras... nada en absoluto, explica Soraya, chií desplazada del Dahiye, el sur de
Beirut.La población chií acusa al gobierno, encabezado por el presidente cristiano Joseph Aoun, y el primer ministro, el suní Nawaf Salam, de un abandono profundo. “Si hubiera Estado, la gente no estaría durmiendo en la calle. Hay habitaciones vacías, pero nadie te abre la puerta, sobre todo a nosotros, los chiíes. Los chiíes son rechazados desde hace tiempo”, explica Soraya.Pero, como todo en un país con más de 17 religiones oficiales, hay matices. A menos de un kilómetro se extiende la calle Gouraud, enclave cristiano y pudiente, donde auguran problemas con los centenares de miles de chiíes que buscan refugio en la capital. “Hizbulah ha creado su propio Estado dentro de Líbano”, dice Nasif desde la barra del bar que regenta. “Comienzan una guerra contra
Israel, que tiene uno de los Ejércitos más poderosos del mundo, y todos nosotros pagamos las consecuencias”.Los últimos bombardeos
Israelíes, que alcanzaron el centro de
Beirut, amenazan con romper una convivencia ya de por sí complicada. La presencia de vecinos chiíes en un edificio es motivo suficiente para que un proyectil made in
Israel derribe diez plantas, sin preguntar previamente la religión del resto de inquilinos.Pero en el paseo marítimo, las negociaciones de tregua en Islamabad y el frágil equilibrio del petróleo no son motivo de discusión. “Hoy todos piden champú”, dice Roberta, recordando que las guerras no arrebatan ni la dignidad ni la coqueteríaColaboradora de La Vanguardia en Oriente Medio. Anteriormente, pasó por la delegación de El Cairo de la Agencia EFE y el Parlamento Europeo