A principios de la semana pasada, en medio de un almuerzo de Pascua en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump dio uno de sus caracter�sticos giros imprevistos en las intervenciones p�blicas para abordar la posibilidad de usar a su vicepresidente JD Vance como negociador para poner fin a la guerra en Ir�n. "Si no se logra, culpar� a JD", dijo provocando risas de los presentes, "pero si se logra, me atribuir� todo el m�rito", concluy�.Hay mucho de serio en la 'broma' del l�der estadounidense, y dice tambi�n mucho tanto sobre �l mismo como sobre su pa�s y su historia. Hay pocas cosas m�s trumpistas por parte del hombre que asegura haber terminado en persona nueve o 10 guerras y haberse ganado el Premio Nobel que culpar a otros de los fracasos y atribuirse sistem�ticamente todos los �xitos. "Me da igual si hay un acuerdo o no. Pase lo que pase, nosotros ganamos", dijo el s�bado. Pero tambi�n hay un reflejo del dise�o institucional. En EEUU, los vicepresidentes han tenido casi siempre un papel secundario, en perpetua tensi�n y rivalidad con el presidente. Eran escogidos por razones electorales, no por afinidades, y casi siempre la relaci�n era inc�moda. La �ltima vicepresidente, Kamala Harris, se lamenta de hecho en sus memorias del poco respaldo de su jefe y de c�mo el equipo de Joe Biden hac�a todo lo posible por ningunearla y lograr que tuviera poca presencia p�blica, para que no le hiciera sombra.Los presidentes son los que salen en las fotos mediando en guerras (Oriente Pr�ximo, Balcanes, �frica), los que ganan el Nobel (Teddy Roosevelt, Woodrow Wilson, Jimmy Carter, Barack Obama). S�lo un vicepresidente ha logrado el galard�n, Al Gore, y fue por su posici�n sobre el cambio clim�tico. Lo que hace mucho m�s interesante la elecci�n de Vance, probablemente el alto cargo de la administraci�n estadounidense que m�s en contra estaba de la guerra en Ir�n, de la en�sima operaci�n de EEUU en Oriente Pr�ximo, de los sue�os convertidos siempre en pesadilla de nation bulding y cambios de r�gimen.Las razones para que Vance sea el mediador son en realidad muchas, empezando por la m�s importante: les interesa a todos. A �l mismo porque necesita desesperadamente sumar puntos con Trump, ganar peso pol�tico en el pa�s, aprovechar las oportunidades por complicadas que sean, especialmente despu�s de que los analistas lleven meses se�alando que Marco Rubio le ha ido comiendo el terreno en la lucha por el favor del l�der. Vance no estuvo en la sala de mando cuando se ejecut� la captura de Maduro, no estuvo al empezar los bombardeos en Ir�n (ni el d�a en que Netanyahu hizo la presentaci�n que acab� convenciendo a Trump), y es percibido como hostil en general a la expansi�n militar y el intervencionismo. Las reconstrucciones en los medios de comunicaci�n de las decisiones en estas semanas muestran a un vicepresidente esc�ptico, consciente del peligro, pero que en ning�n caso quiso antagonizar con el l�der.Adem�s de a Vance, la elecci�n le interesa al presidente, deseando probar las habilidades del hombre, al que apenas conoc�a, que escogi� en 2024 como delf�n, a pesar de su cort�sima experiencia pol�tica (apenas dos a�os de senador) y de las cr�ticas que le hab�a dedicado en el pasado. Nada m�s jugoso que poner al cr�tico de las guerras en el centro de una, haci�ndose responsable de las negociaciones. Ligando, adem�s, el porvenir de ambos a su �xito. Como se�ala Karim Sadjadpour, experto en Ir�n del Carnegie Endowment for International Peace, "aunque Trump esperaba determinar el futuro de Ir�n, ahora es Teher�n quien podr�a determinar el suyo. Ir�n tiene poder de veto sobre el legado de Trump y sobre el futuro pol�tico de su vicepresidente".Ir�nicamente, a los iran�es parece tambi�n interesarles y mucho que Vance sea su interlocutor. Porque es un peso pesado en la administraci�n, y no un diplom�tico cualquiera. Porque Trump ha mostrado que, a diferencia de sus predecesores, le da mucho protagonismo, y le invita cuando recibe a todos los l�deres mundiales (en su primer mandato Trump mand� a su vicepresidente Mike Pence a Turqu�a o Israel para negociaciones delicadas de paz). Porque es, de todas las figuras MAGA, aparentemente el que m�s ganas tiene de volver al America First y olvidarse de Oriente Pr�ximo. Porque Vance tiene m�s inter�s que nadie en su ambici�n en triunfar. Porque no es un experto. Y sobre todo, porque no es ni Jared Kushner, el yerno de Trump, ni su enviado especial, Steve Witkoff, percibidos por razones obvias no s�lo como muy cercanos a Israel y Netanyahu, sino tambi�n a los pa�ses del Golfo, con los que ambos tienen intereses econ�micos y empresariales muy fuertes.Para Vance, que fue quien en 2025 fue a la Conferencia de M�nich a sacudir la relaci�n de EEUU con Europa, que ha sido nombrado como Zar antifraude en casa, y que esta semana estuvo en Budapest ayudando a Viktor Orban, la de Ir�n es de lejos la tarea m�s desafiante, exigente y complicada de su vicepresidencia. No tiene ninguna experiencia en esas labores, ning�n conocimiento de la regi�n, de los problemas, de los matices. Tiene mucho que ganar, pero tambi�n mucho que perder si las negociaciones fracasan, pues son de lejos las de m�s alto nivel entre ambos pa�ses desde la revoluci�n isl�mica de 1979. Barack Obama y Hasan Rouhani hablaron por tel�fono en 2013, pero nunca se reunieron.Trump parece haberse cansado de la guerra, ha visto que no conduce a nada bueno, que diezma su popularidad, as� que tiene incentivos para concluirla pronto, pero tambi�n para que otro cargue con la responsabilidad si no ocurre r�pido. Ir�n sabe que es a�o electoral en EEUU y que el desgaste Republicano es notable. Vance no particip� activamente en las conversaciones indirectas entre Washington y Teher�n previas al inestable alto el fuego de dos semanas vigente. Witkoff y Kushner son quienes llevaron la voz cantante, con muchos intereses cruzados, pero tampoco tienen experiencia con los ayatol�s. La administraci�n Obama dedic� m�s de dos a�os al acuerdo nuclear; la Uni�n Europea medi� durante los �ltimos siete, en vano, para intentar algo parecido. Ahora, sobre la mesa, est� ese tema, pero tambi�n las sanciones, la apertura del Estrecho de Ormuz, la delicada situaci�n de los pa�ses vecinos, la presi�n de Rusia y China. Mucho para un ne�fito, mucho para tan poco tiempo. Pero cuando todo lo dem�s ha fracasado una y otra vez, la definici�n de locura es seguir intentando lo mismo.