Trump se lanzó á la nueva guerra del Golfo guiado por el estómago y por Netanyahu, con el escepticismo de los suyos y el objetivo de cambiar de régimen. La CIA ya tenía experiencia en Irán: en 1953 derrocó a un gobierno secular y democrático, el de Mosadeq, que había osado nacionalizar el petróleo. Instaló la dictadura del sha. Pero la CIA no es lo que era y esta vez ni lo ha intentado. Sabían que hacer una
Venezuela no funcionaría y que los llamamientos a la insurrección no saldrían bien. Intuían que, como realmente ha sucedido, el régimen teocrático saldría reforzado.El cambio de régimen exigiría una invasión terrestre que a Trump le prohíben los mercados financieros, que respeta, y la opinión pública, que no respeta pero que ha de tener en cuenta: teme la inflación y las elecciones de noviembre. Para no tener que confesar su fracaso, enfocará el tema a su estilo: como un negocio. Razonará que si hace creíble para Irán una seria destrucción de su economía, el Gobierno
Iraní que no ha podido destruir actuará como un comerciante del bazar, liquidará un negocio ruinoso y firmará –quizá implícitamente– las condiciones que Trump imponga. ReutersEs una ingenuidad pensar que en un conflicto como este la cuenta de pérdidas y ganancias de Irán será solo económica. El enorme beneficio moral de resistir sumará. Entre un Trump que tiene prisa –las elecciones se acercan– y un Gobierno de Irán resistente habrá algún tipo de acuerdo –quizá tras algunos espasmos de violencia– que será vivido, con razón, por la parte
Iraní como una victoria y que también la presentará como tal Trump. Al fin y al cabo, habrá destruido a diestro y siniestro, lo que tiene que implicar que lo que haya obtenido será de magnitud similar a la destrucción, ¿no?El episodio habrá sido para los estados del Golfo un desastre que no se merecían. Están ligados militarmente a EE.UU.–equipa a sus ejércitos–, pero de repente EE.UU. los hace vulnerables –trastorna las industrias de petróleo y de los visitantes– y no les garantiza la seguridad. Es inevitable que intenten un entendimiento con Irán, probablemente con mediación de
China (como hace tres años). Las maneras torpes de Trump son un regalo para
China.Para no tener que confesar su fracaso, Trump enfocará el tema a su estilo: como si fuera un negocioPara
Israel la perspectiva, más retardada, es también de desastre. Esta vez bien merecido. El 7 de octubre fue terrible, pero la respuesta en Gaza, Líbano y los territorios ocupados ha sido muy desproporcionada, y sujeta a la bien justificada sospecha de que se aprovechaba para impulsar una agenda expansionista y de limpieza étnica inaceptable en la parte del mundo en que
Israel siempre se ha querido incardinar: la informada por valores democráticos (Occidente). Somos muchos los que hemos simpatizado con
Israel y defendemos su derecho a existir y a defenderse que hoy estamos horrorizados ante la tolerancia hacia el gangsterismo de los colonos y el racismo hacia los palestinos (se recupera la pena de muerte para poder ahorcar solo a palestinos; ni Sudáfrica lo hizo).
Israel se está convirtiendo en un Estado paria. Se lo ha ganado a pulso. Como apoyo sólido ya solo le queda EE.UU., pero la guerra está licuando el de su opinión pública, y de ahí a la vaporización hay muy poco. ¿Y entonces? La esperanza que nos queda es que, por una parte, lo que acabo de describir se haga lo bastante evidente en los votantes para inclinar la balanza de la próxima Kneset hacia la oposición secular, que resiste (con medios ejemplares como Haaretz ), y se acabe con la teocratización mesiánica del Estado; y por otra, que EE.UU., no sugiera, sino que imponga (con la firmeza que se puede permitir), por el bien de los dos pueblos, la solución de los dos estados. La recompensa será romper el aislamiento internacional. La pretensión de que haya más pactos de Abraham mientras se anexionan los territorios ocupados es irreal.¿Y Europa? Pienso que la hostilidad hacia Europa y la UE puede acabar siendo un gran regalo. Si nos queda un atisbo de voluntad europeísta, nos obliga a reaccionar y constituirnos en poder intermedio –término de Mark Carney– que pueda hablar de tú a tú –si es como amigos, mejor– con EE.UU., y reconstruir con otros poderes intermedios un nuevo orden mundial. Si no somos capaces de hacer eso –que incluye defender Ucrania–, nos merecemos lo que nos pueda pasar. Hay que decir, sin embargo, que el magnífico resultado electoral en Hungría es fuente de esperanza.