Resulta interesante comprobar las contradicciones que se ponen de manifiesto al valorar la guerra de EE.UU. e
Israel contra Irán. Es coherente estar en contra. Tanto desde el derecho internacional como desde la vertiente más económica y social, la posición contraria a esta guerra está totalmente justificada. Por
UN lado, esta posición viene avalada tanto por la ONU como por la misma OTAN; con expresiones más o menos contundentes los responsables de estos organismos internacionales han descalificado la iniciativa señalando los riesgos que comporta para la paz en el mundo. Es más, la misma Comisión Europea, ciertamente con tonalidades y lenguaje diferentes, la ha condenado, instando a las partes a encontrar soluciones negociadas para superar el conflicto. Majid Saeedi / GettyEs coherente. Hemos trabajado mucho tiempo para no volver a la guerra como para aceptarla ahora con naturalidad o desde la indiferencia. Este conflicto rompe una larga trayectoria recorrida con la esperanza y la voluntad de erradicar de nuestra vida una nueva etapa de guerra al margen de las bases que se establecieron internacionalmente para evitarla. Y en este sentido no debería valorarse negativamente la posición de España desde el inicio. Ahora compartida por una amplia mayoría de los estados europeos y occidentales o, en todo caso, por una amplísima mayoría de sus ciudadanos.Curiosamente –primera incoherencia– algunos, desde dentro, incluso manifestándose contrarios a la guerra, critican la posición de España, quejándose por ejemplo de que no se haya autorizado que Estados Unidos pudiera utilizar sus bases de
Rota y
Morón para avituallar a sus aviones que después bombardearán Irán. Ahora, cuando se ve que este último país bombardea a los países que lo han permitido, superando distancias más relevantes, la crítica debería reconducirse. ¿O es que quiere decirse que se acepta con indiferencia que España sea bombardeada como pasa en otros países que han permitido esta operación? ¿Seguro que se acepta? No es creíble.No se trata de ganar la guerra, se trata de ganar la paz; y eso requiere mucha complicidadPero el “no” a la guerra plantea también otras manifestaciones de incoherencia. Es evidente que la guerra ya establecida está teniendo y tendrá consecuencias económicas, políticas y sociales de gran trascendencia. Nadie lo pone en duda. Parecería que en estas circunstancias debería producir
UN acercamiento de las posiciones políticas para definir acuerdos y coincidencias que dieran más estabilidad y fuerza a las acciones de gobierno. No estamos ni queremos estar en guerra, pero la padecemos y la padeceremos. Ahora, pues, sería el momento de favorecer la estabilidad y no de provocar y agrandar debilidades internas que no harán nada más que empeorar las condiciones de los ciudadanos.Esto es incoherente y la prueba más evidente es que este comportamiento partidista se encuentra en opciones muy distantes, sobre todo en los extremos del abanico político. En toda Europa los extremismos colocan la guerra como foco de su confrontación; pero todos sacan provecho al denunciar la debilidad del gobierno, bien por no apoyar la guerra, bien por no condenarla de manera suficientemente “fuerte”. Ahora bien, todos los extremos coinciden en luchar para debilitar al gobierno, proponiendo medidas que provoquen división interna en su respectivo país. Así permiten que los líderes mundiales de la guerra hablen con menosprecio de una Europa dividida, incapaz de liderar en su casa. Europa, dicen los señores de la guerra, desaparece, no está. Y muchos ciudadanos se preguntan si alguien se acuerda de que los costes de la guerra o de sus miserables consecuencias quienes los pagan son los ciudadanos anónimos y olvidados.No habrá que abandonar el “no a la guerra”. Habrá que seguir en este objetivo. Y cada uno deberá asumir sus responsabilidades. Pero si bien no seremos responsables del inicio de la guerra, podríamos serlo de su continuidad y sus consecuencias. Esto quiere decir liderazgos fuertes de países fuertes; debilitar la acción de los gobiernos que han de hacer frente a estas consecuencias es una forma de ayudarla. La historia nos lo demuestra e incluso con experiencias no muy lejanas. No se trata de ganar la guerra; se trata de ganar la paz. Y eso requiere mucha complicidad, mucha solidaridad; mucha más unidad. Si no se va por aquí, el “no a la guerra” no parece coherente.