Barcelona 28/03/2026 06:00 Actualizado a 28/03/2026 13:32 Las guerras empiezan cuando uno quiere, pero no acaban cuando uno desea. El aforismo formulado por Maquiavelo en el siglo XVI cobra toda su fuerza en el actual conflicto
Iraní.Un edificio residencial de Teherán dañado por un bombardeo, ayer Majid Asgaripour / ReutersHoy se cumple un mes de la ofensiva lanzada por
Israel y EE.UU. contra el régimen de los ayatolás, y el horizonte no puede ser más incierto: en estas cuatro semanas, lo que tenía que ser una operación militar de “dos o tres días” –palabras de
Donald Trump– se ha convertido en una crisis de difícil resolución, que amenaza con dejar heridas profundas no ya en Oriente Medio, sino en el resto del mundo. Como alertaba el pasado miércoles el secretario general de la ONU,
Antonio Guterres, la situación está “fuera de control”.Todo comenzó el sábado 28 de febrero, a plena luz del día, sobre las 9:45 de la mañana hora de Teherán. Fue entonces cuando los misiles
Israelíes y estadounidenses comenzaron a llover sobre el territorio
Iraní, en la operación aérea “mas letal, más compleja y de mayor precisión en la historia”, según el jefe del Pentágono,
Pete Hegseth. Aquel primer día de bombardeos se saldó con la muerte del líder supremo de Irán,
Ali Jamenei, y de gran parte de los altos mandos del país.El plan de Washington pasaba por provocar un cambio de régimen, como se había hecho en
Venezuela a principios de año. Así lo explicitó el propio Trump en su primer mensaje tras el inicio de la ofensiva, en el que animó a los
Iraníes a “tomar el control de su gobierno”. En la misma línea se expresó el primer ministro
Israelí,
Beniamin Netanyahu, el hombre que había arrastrado al republicano a esta guerra ilegal, quien aseguró que la campaña militar tenía que servir para crear “un Irán libre y en paz”.Pero nada de eso ha sucedido por ahora.La República Islámica no solo estaba preparada para sobrevivir a su decapitación –la guerra de los doce días del pasado junio le sirvió para tomar precauciones–, sino que se ha radicalizado a raíz del ataque: Jamenei ha sido reemplazado por su hijo Mojtaba, alineado con el ala más dura del régimen, y la Guardia Revolucionaria ha intensificado su control sobre un Estado que ya demostró su capacidad represora en enero, cuando masacró a miles de
Iraníes que habían salido a las calles para pedir cambios en el sistema.Ese atrincheramiento ideológico se ha reflejado en la respuesta de Irán a la ofensiva: desde el primer momento, el régimen optó por extender el conflicto a todo Oriente Medio, con bombardeos sobre los países del golfo Pérsico aliados de EE.UU. De un día para otro, las petromonarquías han visto arruinada su imagen de oasis de estabilidad y han comprobado que Washington es incapaz de garantizar su protección. Nadie puede sentirse a salvo: los misiles y drones
Iraníes incluso han traspasado los límites del Golfo, con impactos en lugares como la isla mediterránea de Chipre o la base militar de Diego García, ubicada en el Índico, a 4.000 kilómetros de distancia.Lee tambiénAsimismo, en el marco de su estrategia de regionalización del conflicto, desde el tercer día de guerra, Irán mantiene bloqueado de facto el estrecho de Ormuz, que canaliza el 20% del tráfico mundial de crudo y gas. Esa maniobra ha desatado el miedo a una gran recesión económica en todo el globo, que es justo lo que buscaba Irán. Jugando la carta de Ormuz, el régimen puede compensar su inferioridad militar y hacer insostenible para EE.UU. la prolongación de la guerra –en noviembre, Trump afronta unas elecciones legislativas cruciales–.De momento, el cierre de la vía marítima ya ha provocado el alza de los precios del combustible y problemas de suministro energético. Sobre todo en Asia, pero también en Europa, que se está resistiendo a entrar en combate pese a los cantos de sirena de Washington. La guerra ha ensanchado todavía más la fractura trasatlántica.Todos estos movimientos han pillado por sorpresa a un Trump que no solo parece ignorar los aspectos esenciales de la República Islámica –nada extraño teniendo en cuenta que se ha rodeado de asesores sin experiencia–, sino que es incapaz de definir las motivaciones y objetivos de su operación Furia Épica. El presidente estadounidense es un mar de contradicciones: dice que Irán constituía un peligro “inminente”, pero no aporta pruebas al respecto; asegura que la guerra ya está ganada, pero pide 200.000 millones de dólares extra para alargar la ofensiva; un día exige la rendición incondicional de los ayatolás, pero otro habla solo de desactivar sus capacidades armamentísticas.Esa falta de concreción contrasta con la coherencia de Netanyahu, quien ha dejado claro que su propósito es destruir el régimen islámico, el cual considera una “amenaza existencial” para su país. Al mismo tiempo, el mandatario
Israelí quiere aprovechar esta campaña para dar un impulso a su proyecto expansionista: bajo el pretexto de combatir a Hizbulah –uno de los pocos aliados de Irán que se han sumado a la guerra–,
Israel ha invadido el sur del Líbano. Mientras, Gaza sigue ocupada y la colonización judía avanza en Cisjordania.El desajuste entre Washington y Tel Aviv se ha hecho evidente en episodios como el bombardeo
Israelí del yacimiento de gas de Pars Sur, no previsto por la Casa Blanca, y en la decisión de Trump de presentar a Irán un plan de paz de 15 puntos. Esta propuesta, sin embargo, está predestinada al fracaso, ya que incluye demandas inasumibles para Teherán, como la renuncia a su programa nuclear y a su red de aliados regionales. Irán comunicó el miércoles su rechazo al plan, pero Trump ha concedido un plazo de diez días para que se lo repiense.Mientras, el ejército estadounidense va acumulando efectivos en la región: en breve se prevé que lleguen unos 5.000 marines y 2.500 paracaidistas. Si Teherán no claudica, el Pentágono baraja varias opciones que implicarían el despliegue de tropas sobre el terreno, como la invasión de las islas de Jarg –el corazón de la industria petrolera
Iraní– y de Abu Musa –clave para controlar el acceso a Ormuz–.La guerra entraría así en una fase aún más peligrosa e imprevisible: Irán podría optar entonces por endurecer sus ataques sobre el golfo Pérsico y expandir su radio de acción al mar Rojo, con ayuda de las milicias hutíes de Yemen. Por su parte, EE.UU. correría el riesgo de quedar atrapado en una contienda imposible de ganar, como ya le pasó en Vietnam, Irak y Afganistán.Lo advertía Maquiavelo: abrir la caja de Pandora es fácil; cerrarla, no tanto.Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.