La guerra de
Israel y EE.UU. contra Irán cumple su primer mes y no solo mantiene todas las incógnitas abiertas sobre su finalización, sino que corre el riesgo de agravarse a pesar de que el presidente
Donald Trump ha alargado hasta el 6 de abril su ultimátum para atacar las instalaciones energéticas
Iraníes, argumentando que las conversaciones de paz con Teherán van “muy bien”.Sin embargo, no deja de amenazar con la fuerza y despliega miles de marines y paracaidistas para una eventual operación militar terrestre si fracasa la vía negociadora. Irán ha rechazado en público el plan de paz propuesto por EE.UU. y ha presentado sus propias condiciones, entre ellas el cese total de las agresiones y el reconocimiento de su soberanía sobre el estrecho de Ormuz. Pero sigue estudiando la propuesta de Washington y ha enviado una primera respuesta, aunque
Marco Rubio la calificó el viernes de “comentarios”. Pakistán lidera la mediación y ayer su primer ministro informó al presidente
Iraní de sus gestiones directas con la Casa Blanca. Con todo, parece muy difícil que acabe habiendo negociaciones directas y, más aún, que den fruto.
Israel se desmarca de los vaivenes de Trump, y los hutíes de
Yemen se suman al conflicto bélicoMientras, Irán sigue mostrando resistencia militar, lanzando misiles y drones hacia
Israel –que replica con nuevos ataques sobre ciudades
Iraníes, centrales eléctricas e incluso dos complejos nucleares– y las naciones del golfo Pérsico. Teherán mantiene sus amenazas sobre el estrecho de Ormuz y advierte de que los buques que lo atraviesen sufrirán “graves consecuencias”. Lo cierto es que, tras cuatro semanas de ataques aéreos y muertes, el régimen de los ayatolás no ha caído, se ha radicalizado y cada nuevo sustituto de los dirigentes fallecidos es más duro que el anterior. Además, sus aliados hutíes de
Yemen se les han unido, entrando en el conflicto con el lanzamiento de un misil contra
Israel, lo que abre un nuevo y peligroso escenario, en especial si bloquearan el mar Rojo.Trump ha dado todo tipo de giros en este mes y ha utilizado la gestión de Ormuz como arma arrojadiza incluso contra sus propios aliados, que se han negado a participar en una flota para desbloquear el estrecho. El presidente de EE.UU. sigue encallado entre la retórica del ultimátum y la de la amenaza. Por si fracasan las negociaciones, estaría considerando el “golpe final” contra Irán, que podría pasar por invadir alguna isla del Golfo o desplegar tropas para intentar hacerse con el uranio enriquecido
Iraní. Triunfalista, contradictorio y prepotente, Trump ha dado casi tantas versiones sobre el objetivo y desarrollo de esta guerra injustificable como días dura el conflicto.No ocurre lo mismo con
Israel, que sí tiene una hoja de ruta clara. Beniamin Netanyahu ha ignorado los plazos para acabar el conflicto dados por Trump a Teherán, lo que evidencia de nuevo las diferencias de estrategia entre ambos, e insiste en que continuará y expandirá sus ataques y que seguirá intentando asesinar a altos cargos del régimen persa. El Gobierno
Israelí tiene claro desde el minuto uno cuál es su objetivo en esta guerra: aniquilar el régimen teocrático persa y su capacidad de ser una amenaza existencial para
Israel, que busca convertirse en la potencia hegemónica en la región. Y para ello no ha dudado en abrir otro frente, de nuevo en Líbano, donde lleva a cabo una ocupación militar del sur, hasta la frontera natural del río Litani. Pretende crear una “zona de seguridad” (equivalente al 10% del territorio libanés), forzando el desplazamiento de 800.000 civiles y bombardeando barrios de Beirut con el argumento de tratar de acabar con Hizbulah y su capacidad militar.La economía mundial, las monarquías del Golfo y Líbano son las grandes víctimas colateralesLa decisión de Irán de regionalizar el conflicto ha tenido como grandes víctimas colaterales a las monarquías petroleras del Pérsico, que han mostrado su fragilidad. Su estrategia de atar su seguridad a la protección occidental y aceptar en su territorio numerosas bases militares estadounidenses se ha vuelto contra ellas y las coloca en la primera línea de una guerra que intentaron evitar. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo buscan ahora tener voz en el desenlace de la guerra y equilibrar su alianza con Occidente con la necesidad de evitar una guerra regional directa que desestabilice sus economías y les haga perder su estatus de oasis de riqueza, seguridad y tranquilidad.Precisamente, los gravísimos efectos de esta guerra en la economía mundial son, sin duda, otro punto de presión para Trump. El conflicto, además de agravar la fractura entre Europa y EE.UU., causa caídas bursátiles, creciente escasez de petróleo y de gas a escala planetaria, con la consiguiente subida del precio del barril, y la llegada de una ola global de inflación. Todo ello ya afecta a los bolsillos de los ciudadanos de todo el mundo y no parece que esta situación vaya a acabar a corto plazo.