Eduardo Mendoza (
Barcelona, 1943) no puede dejar de escribir. Y eso que lo intenta, tal y como ha asegurado esta mañana a
La Vanguardia mientras se tomaba un café. “Uno no deja de pensar que su tiempo pasó pero, claro, mis libros se siguen vendiendo y yo, aunque quiera pasar a un segundo plano, sigo estando presente. Además, ¡es que no sé hacer otra cosa! Y me divierto mucho, por eso sigo, aunque no quiera”, admite. Y por eso nació La intriga del funeral inconveniente (
Seix Barral), su nueva novela, un divertimento, tanto para él como para el lector, en el que las carcajadas están aseguradas. Todo empieza con la crónica de un funeral que ocasiona el despido del becario que la escribe,
Ramoncito Valenzuela. Y es que, sin él saberlo, su nota desencadena la investigación de una trama financiera de alto nivel que la
Policía no tenía ninguna gana de investigar.No hace falta más que leer los primeros capítulos para darse cuenta de que se lo ha pasado muy bien escribiendo esta novela.Me he reído mucho, no lo negaré. Desde que dije hace dos novelas que me retiraba, me considero un jubilado y, como tal, hago lo que me da la gana. Por eso sigo escribiendo, para divertirme y para divertir a los amigos. Solo para eso porque considero que lo que tenía que hacer ya lo he hecho, no sé si bien o mal.Muy mal no lo habrá hecho si tiene en su haber el
Cervantes o el
Princesa de Asturias de las Letras, entre otros premios. Además, viajó a la
Feria Internacional del Libro de Guadalajara a finales de año en calidad de representante de la ciudad.Mira, de viajar sí que me retiro. Me encanta esa feria y fue un honor pero son muchas horas y no estoy ya para trotes.Allí dijo que prefería dar paso a las nuevas generaciones.Y así lo he hecho, después de mí ya van dos o tres generaciones. Está genial, eso quiere decir que la gente sigue leyendo y escribiendo. Unos lo hacen mejor que otros, pero tienen que haber libros malos para que algunos puedan relucir. Yo no sabría decir en qué bando estoy, no me atrevo a tal cosa.Como dice en su novela, “los barceloneses pasan de todo”, aunque el mundo vaya regular.Exactamente, y como buen barcelonés que soy, y por la edad que tengo, me da todo igual. Por eso, aunque diga que no vaya a escribir, escribo. Cuando lo digo, lo pienso de verdad. Aparto todo. Pero luego, salgo a la calle, me da un poco el aire y me vienen ideas.¿Cuál fue el detonante de este libro?La primera idea fue un detective que lee en el periódico su propia esquela. Y, claro, se pregunta cómo es eso posible. Luego aquello no se desarrolló como tal, pero quedó la idea de la crónica y del funeral.No es un detective cualquiera. A este misterioso individuo es la sexta vez que lo saca a bailar. La primera fue El misterio de la cripta embrujada y no hacía acto de presencia desde El secreto de la modelo extraviada.Acostumbra a salir cuando estoy fatigado. Y entre el premio de este año, el largo viaje a Guadalajara y otro que hice antes, pues ya ve, ha aparecido. Este personaje y este tipo de novelas más ligeras me ayudan a despejar la cabeza. Es como si me fuera con un amigo a tomar unas tapas y una cervecita.Nunca pierde el humor. Ni siquiera para poner los nombres a sus protagonistas: inspector Jarana, señor Rialles...Sí, pero no lo hago pensando en el mercado, sino en mí. Estas novelas se venden bien aquí, pero se traducen poco. El humor viaja mal porque cambia en cada territorio y época.Los cambios en la ciudad, en cambio, que lleva décadas narrando, permiten ver la evolución. Muestra ahora una
Barcelona que está llena de turistas y en la que se cometen secuestros.Hay un tipo de delincuencia que era muy rara de ver en
Barcelona hace unos años. No digo que sea el pan de cada día ni mucho menos, pero me choca ver depende qué en las noticias. Ahora parece que hay más sicarios que matan por encargo. Nos hemos vuelto cosmopolitas hasta para el crimen.La
Policía cree que
Ramoncito Valenzuela podría estar en apuros porque no se conecta al WhatsApp desde hace horas...¡Es que es motivo para sospechar! ¿Quién deja el teléfono? Pero no solo los jóvenes, los adultos también. Siempre que voy en el metro me sorprende vernos a todos embobados, pero luego yo hago lo mismo.En sus páginas reflexiona también sobre los padres que dicen a sus hijos lo que deben estudiar. De Ramoncito, se esperaba que fuera cardiólogo vascular en vez de periodista.Mi padre me recomendó también que estudiara algo de provecho y me metí en derecho porque ganarse la vida de escritor era difícil. Lo que tenía claro es que periodista no quería ser porque tenía un tío que lo era y siempre andaba con prisas.Su padre era fiscal. ¿De él también le viene la pasión por lo detectivesco?Pues tiene mucho que ver porque siempre en las cenas comentaba historias de ladrones y asesinos. Si fuera hijo de farmacéuticos, pues hablaría de medicinas imagino. A ello se suma el interés que tenía mi generación por la novela policiaca, que hasta ese momento era de segunda categoría. A Agatha Christie la leías si estabas enfermo o desocupado y mira ahora. Para mí, escribe mal aunque debo admitir que tiene una inteligencia sublime y está bien que se la reconozca por ello.En su trama también deja caer ideas como que la prensa en papel está acabada. ¿Así lo cree?Lo dice mi personaje, no yo. Creo que seguirá existiendo pero que cambiará la fórmula. Siempre ha sido así. Antes había un diario por la mañana y otro por la tarde, además de unos chicos que gritaban por la calle. A largo plazo, pues no sé, sospecho que quedará todo en titulares y comentarios. La crónica ya no hará falta. Es decir, en realidad hace falta y mucho, para que no nos tomen el pelo, pero a la gente ya no le interesa. No le importa que le tomen el pelo. ¡Qué mundo!Lara Gómez (
Barcelona, 1993) es licenciada en Periodismo por la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna y está especializada en cultura y género. Aunque lo intentó, nunca llegó a aprender alemán. Su gran pasión es escribir, por lo que todo aquello que ve es material sensible para transformarse en un pequeño relato o en un guion. Sueña con cubrir los Oscars in situ.