Conclusión en caliente tras asistir al concierto que Rosalía ofreció el lunes en el Palau Sant Jordi: es cierto, el Proyecto Rosalía es una monumental operación de márketing. Lo es desde que de jovencita empezó a despuntar como cantante aflamencada en garitos de Barcelona hasta su consagración como la estrella mundial del momento. Eso es así. Solo que, en contra de lo que piensan algunos detractores de la cantante, esta operación no se fraguó en asépticos despachos de la industria musical ni un reservado de un restaurante de lujo, sino que tomó cuerpo en escuelas y tugurios de barrio. Desde la base, hasta su eclosión en templos de la música popular. Este exitoso proyecto de marketing, en cualquier caso, no lo firma ninguna consultoría, sino la persona física Rosalía Vila Tobella, de nombre artístico Rosalía.La diferencia con otros (legítimos) productos de márketing es que el de Rosalía no se basa en el análisis y procesamiento de experiencias previas, sino que anticipa lo que está por venir. Y lo hace desde un atrevimiento que raya en el descaro, ese que la artista aprendió “por ahí por Barcelona”.En tiempos en que la IA lo hace todo más fácil, Rosalía opta por lo difícilAsistir a un concierto de la gira de Lux permite cerciorarse de la naturaleza de ese marketing, un proyecto que se podría resumir en la siguiente declaración de principios: “Lee, pregunta, escucha, estudia, investiga, lee aún más, profundiza, aprende, diviértete aprendiendo, diviértete sin dejar de estudiar pero, al final, decide lo que creas más conveniente en tu trabajo sin pedir permiso ni obsesionarte con lo que opinarán los demás. Y lee más”.En tiempos en que la IA nos hace la vida más fácil, Rosalía ha optado por lo difícil. Lo fácil, para ella, hubiera sido aferrarse al éxito del disco y la gira de El mal querer y perfeccionar una fórmula que le habría permitido instalarse cómodamente en el estrellato global.Rosalía, el lunes en BarcelonaCHRISTIAN BERTRAND / EFENingún chat de IA generativa le hubiera aconsejado dar el salto al vacío que acometió la cantante con Motomami y, aún menos, liarse la toca a la cabeza y firmar un disco tan personal como Lux .Los conciertos que está ofreciendo estos días evidencian esta actitud de saludable insolencia, en abierto desafío a las tendencias en boga.Así, Rosalía se rodea de músicos de carne y hueso y los ensambla con bases electrónicas pregrabadas: su conocimiento profundo de las posibilidades de la tecnología al servicio de la música coexiste con el respeto por una forma de expresión tan analógica como el formato de orquesta.Lee tambiénUna orquesta, por cierto, que está allí para lo que tengan a bien solicitarle, a la antigua usanza. Los músicos tanto se prestan para acompañar una pieza clásica como reguetón, flamenco, canción intimista o los ritmos frenéticos de una rave : un cóctel potencialmente indigesto que, servido por Rosalía, crea una experiencia sensorial gratificante.En un mismo espectáculo, Rosalía integra, con elegancia y siempre al servicio de la música, formatos teatrales, coreográficos –toda una reivindicación del ballet clásico– y televisivos. Pero es en las letras de las canciones donde se percibe el rastro de sus lecturas. Porque no abundan los cantautores que escriben temas donde la lengua fluye sin atropellos en la acentuación. Letras sugerentes en las que el idioma respira sin necesidad de perpetrar giros forzados.Cierto: el márketing del que hablamos incorpora conceptos que hoy suenan tan rancios como la cultura del esfuerzo, la importancia de la lectura o el aprendizaje infinito. Ese es, tal vez, el mensaje más revolucionario de Rosalía.Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: 'Siete días en la Riviera'