La diplomacia
Pakistaní, como tantas tiendas del mismo origen, no tiene horarios. En Islamabad eran más de las cuatro de la madrugada cuando, en la otra punta del mundo,
Donald Trump anunciaba en su red social que había un acuerdo de alto el fuego con Irán. In extremis, el apocalipsis quedaba quince días en suspenso, gracias a los buenos oficios del jefe del ejército de Pakistán,
Asim Munir, y de su primer ministro,
Shehbaz Sharif, cuyos teléfonos anoche echaban chispas. Por todo ello, Sharif era recibido esta mañana con aplausos, al entrar en la sala del consejo de ministros.La victoria diplomática de Islamabad es innegable y la mayoría de capitales -
Nueva Delhi no es una de ellas- se felicita por ello. Lo más difícil era desactivar el ultimátum del presidente de EE.UU. y sacar a Irán de su desconfianza supina y su inclinación al martirio. Pero aún queda mucho camino por recorrer. Entre el viernes y el sábado, deberán empezar en la capital
Pakistaní las negociaciones presenciales entre enemigos acérrimos. Irán ya ha confirmado el envío de una delegación, previsiblemente encabezada por el presidente del Parlamento,
Mohamed Ghalibaf. Por parte estadounidense, esta vez se espera al propio vicepresidente,
JD Vance, junto a los promotores inmobiliarios
Steve Witkoff y
Jared Kushner. Este último, yerno de
Donald Trump y amigo de
Beniamin Netanyahu, que dormía en casa de sus padres cuando visitaba Nueva Jersey. Mariscal atómicoAsim Munir ha sabido apelar al instinto empresarial de
Donald Trump y compañíaA principios de la semana pasada ya se especulaba con este tándem. Pero una nueva oleada de bombardeos israelíes contra instalaciones energéticas primordiales de Irán hizo descarrilar el plan y reabrió las puertas del abismo. Puertas que ahora se intenta cerrar desde Pekín e Islamabad. Porque una vez más, un oficial
Pakistaní vuelve a jugar un papel desproporcionado en los planes militares del único imperio realmente existente. Es conocida la atracción fatal de
Donald Trump por hombres con un acceso acaso más directo que el suyo al botón nuclear, trátese del norcoreano Kim Jong Un, el chino Xi Jinping, el ruso Vladimir Putin o el israelí
Beniamin Netanyahu.
Asim Munir, entra en la misma categoría.Trump se refirió en su día al mariscal egipcio Abdul Fatah al Sisi como su “dictador favorito”. Sin embargo, el voluble presidente estadounidense preguntaba el otoño pasado a Shehbaz Sherif: “¿Dónde está mi mariscal de campo favorito?”, en referencia a Munir. AlineamientoShehbaz Sharif y
Asim Munir, en deuda con EE.UU.
Asim Munir y
Shehbaz Sharif también están en deuda con EE.UU..
Shehbaz Sharif, para empezar, es un tecnócrata con capacidad de trabajo, pero sin carisma, ni ideología, que debe su ascenso a su hermano mayor, tres veces primer ministro y sin embargo prófugo, a quien su partido (PML-N) debe la N de Nawaz. El pequeño de los Sharif sabe que, en caso de elecciones limpias, no tendría ninguna posibilidad. Porque el político más popular de Pakistán sigue siendo el excapitán de la selección de críquet, Imran Jan, convenientemente encarcelado, por motivos risibles en un país con el nivel de corrupción de Pakistán.El calvario de Jan empezó precisamente tras destituir a
Asim Munir como jefe de la inteligencia (ISI) en 2019, tras apenas ocho meses. Ostensiblemente, Munir -con
Donald Trump en la Casa Blanca, asesorado por Mike Pompeo y John Bolton- quería investigar a la esposa de Jan. En la práctica, apartar del poder a la facción dominante del ejército, que llevaba años propiciando de forma soterrada el retorno de los talibanes a Kabul y agrandando el abismo con EE.UU..Algo poco sensible en un país que dedica el 47% de su presupuesto al pago de los intereses de la deuda, contraída con las instituciones financieras con sede en Washington. Jan sería apartado del poder en una moción de censura a mediados de 2022 en la que mucho dinero cambió de manos y en la que este denunció la injerencia de la embajada de EE.UU. El año terminó con
Shehbaz Sharif como nuevo primer ministro y con
Asim Munir como nuevo jefe del ejército.En India no salen de su asombro por la buena entrada en Washington de
Asim Munir. Alguien que, semanas después de su peor escaramuza en veinte años, fue invitado a almorzar a la Casa Blanca. Pudo servir de ayuda la buena disposición de Munir para que Pakistán acepte pagos internacionales a través de la criptomoneda USD1, propuesta por World Liberty Financial, la empresa financiera controlada por los hijos de
Donald Trump y los hijos de
Steve Witkoff, en la que ya ha tomado posiciones un fondo emiratí. El acuerdo de intenciones entre WLF y Pakistán fue firmado en enero. Un mes antes, llegó a Pakistán el primer cargamento de petróleo de su historia procedente de EE.UU., contratado con Vitol, una empresa en la que despunta algún ejecutivo clave en la financiación de las campañas de
Donald Trump y
JD Vance. Por último,
Asim Munir tuvo el placer de presentarle a
Donald Trump, durante la pasada Asamblea General de la ONU, un muestrario de tierras raras del convulso Beluchistán
Pakistaní (la otra mitad pertenece a Irán). Así como un proyecto de extracción que asociaría a dos empresas mineras de las fuerzas armadas
Pakistaníes con financiación oficial de EE.UU. (EXIM), una empresa estadounidense de escaso recorrido (US Strategic Metals) y una constructora portuguesa, Mota-Engil, cuyo primer accionista es chino. Un encaje de bolillos. El mariscal
Asim Munir regaló al presidente
Donald Trump, en septiembre en Nueva York, un muestrario de tierras raras de BeluchistáncedidaDe este modo, el explosivo
Asim Munir es una de las pocas personas a las que
Donald Trump coge el teléfono, en casi cualquier circunstancia. Mientras tanto,
Shehbaz Sharif cuida el flanco
Iraní y habla de hermandad islámica. No es raro que, para convencer a Teherán de la bondad del alto el fuego, no baste con su palabra, ni la del mariscal Munir. Todo indica que la presión de
China -aliado y cliente de más del 85% del petróleo
Iraní- ha jugado un papel tanto o más importante. No es fácil sentarse con aquellos que han bombardeado a sus negociadores a traición, dos veces en nueve meses, en plena negociación. En los últimos días, al parecer, también el citado Ghalibaf y el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, se encontraban en la diana de Israel. Pakistán tuvo que advertir a Washington con la mayor seriedad: Matarlos supondría enterrar indefinidamente una solución. Así salieron, “temporalmente”, de la lista negra. Estos son algunos de los mimbres de esta imperfecta, trabajosa y finalmente frenética mediación. En la que también participaron -convocados en Islamabad hace diez días- los ministros de Exteriores de Egipto, Turquía y Arabia Saudí. Sus aportaciones fueron trasladadas por el
Pakistaní Ishaq Dar a su homólogo chino, Wang Yi, en Pekín. De ahí salió, la semana pasada, una propuesta de cinco punto para el alto el fuego. Estos están en la base del acuerdo marco de diez puntos que los beligerantes negociarán cara a cara desde este viernes o sábado en Islamabad. Este último va mucho más allá, al incorporar varias de las exigencias
Iraníes. Aunque Teherán acepta renunciar a reparaciones a cambio de cobrar un peaje en Ormuz, a repartir con Omán. Es decir, que el coste de la destrucción se desplace de los agresores a los consumidores del mundo entero. Aunque estos último respiran ahora con alivio. De momento , el plan salva de una destrucción insondable a Israel, Irán y el resto de países ribereños del golfo Pérsico (Líbano, en zona gris). Así como de consecuencias menos tangibles pero no menos devastadoras a la democracia más antigua y poderosa. La paz, al fin y al cabo, se hace con el enemigo. Y raramente es obra de ángeles. Conducto de WashingtonEl camino a Teherán, como antes el camino a Kabul o a Pekín, pasa por PakistánPakistán, consumido por sus propios demonios, nunca se ha distinguido como exportador de paz. Sin embargo, no es la primera vez que juega un papel decisivo para EE.UU. en política internacional. Pakistán fue el canal secreto con el que la Casa Blanca de Richard Nixon -con Henry Kissinger como sherpa- se acercó a la
China de Mao, con consecuencias que llegan hasta hoy. La decisión estadounidense de invadir Afganistán, en 2001, obligó a reparar los puentes diplomáticos que se habían roto con Pakistán, a raíz de sus pruebas nucleares. El puerto de Karachi y la connivencia del general Musharraf -aun con doble juego- se volvieron imprescindibles para la logística de la ocupación. Ahora, la historia se repite.Pakistán, un país de nombre inventado, bautizó con resonancias persas a su capital de nueva planta: Islamabad. El persa era también la lengua de la corte mogol, nervio de la conciencia histórica indo-musulmana, incluida la
Pakistaní, aunque estuviera más a menudo en Agra o Delhi que en Lahore. La pérdida de centralidad de la India de Narendra Modi -el primer jefe de gobierno indio en visitar Israel- permite ahora a Pakistán ejercer de intermediario entre Irán y EE.UU.. Los dos países vecinos se definen como “República Islámica” en su nombre oficial y coinciden también en reconocer a Palestina, pero no a Israel. Esta es una oportunidad que Islamabad no va a dejar escapar, a pesar de los riesgos. El sueño de este país tan hospitalario como endeudado es que sean sus ricos patrocinadores árabes los que estén en deuda con él. Mientras que en el caso de la superpotencia americana le basta con que nunca termine de decantarse hacia
Nueva Delhi. Por su parte,
China -primer cliente no solo de Irán, sino también de Arabia Saudí- no se sentará de brazos cruzados a ver cómo se evapora su prudente penetración en Oriente Medio. Ni el desarrollo mutuo que lleva aparejado. Empresas chinas han inaugurado este mismo año dos de las desalinizadoras más grandes y energéticamente eficientes de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Pero su participación en la generación de energía es todavía mayor. Su papel constructivo se extiende al conflicto entre Pakistán y Afganistán. Durante una semana,
China ha reunido a delegaciones de ambas partes en Xinjiang, que este miércoles regresaban a su país de origen con el compromiso de evitar nuevas provocaciones.Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa,
Nueva Delhi y Estambul.