El mundo estuvo varias semanas pendiente de la nave espacial
Orión, el vehículo utilizado en la misión espacial
Artemis II: una iniciativa de la
NASA para enviar la primera nave tripulada alrededor de la Luna. El resultado, por el momento, han sido varias importantes e interesantes fotografías de la cara oculta de la Luna; y, por supuesto, el hecho de que el ser humano ha vuelto a visitar el satélite, 54 años después de la última misión del programa
Apolo.En realidad, el verdadero objetivo de
Artemis II es utilizar y probar los distintos modelos de comunicación óptica que posee la nave
Orión y que permiten la rápida comunicación entre la Tierra y la nave, a unas velocidades de hasta 260 MB por segundo. Para hacerlo, se ha invertido una gran cantidad de tiempo y presupuesto: 93 mil millones de dólares, hasta la fecha, para una misión que lleva en preparación desde el año 2021.Con estos números, es fácil que el ciudadano de a pie se haga una evidente pregunta: ¿por qué se invierte tanto dinero en explorar el espacio? ¿Qué utilidad tienen las misiones de la
NASA para la humanidad, como conjunto? Y lo cierto es que, más allá del descubrimiento científico, hay muchos elementos de nuestro día a día que sólo son posibles gracias a tecnologías que, originalmente, se desarrollaron pensando en las misiones espaciales.“Spin-offs” que mejoran nuestro día a díaLa
NASA llama “tecnologías spin-off” a todos aquellos usos de las investigaciones espaciales que han acabado teniendo un uso comercial en la Tierra. Desde el año 1976, se han registrado más de 2.000 casos, en ámbitos tan variados como la salud, los electrodomésticos e incluso los deportes.Por ejemplo: en casi todos nuestros teléfonos móviles de uso diario hay integrada una pequeña pieza de tecnología espacial. Los sensores CMOS que permitieron la creación y mejora de las cámaras de nuestros smartphones fueron inventadas por el científico
Eric Fossum, de la
NASA, con el objetivo de ser capaces de miniaturizar cámaras para llevarlas al espacio en el año 1993. Aunque, en sus primeros experimentos, Fossum encontró oposición por parte de otros científicos, que dudaban de su potencial. La invención fue registrada en 1995 y popularizada entre el público general a partir de los años 2000 y hasta la actualidad, donde la mayoría de fabricantes, como
Apple o
Samsung, siguen basándose en ella para fabricar sus sensores de fotografía.Los sensores de imagen CMOS se inventaron para uso espacial.Getty Images / iStockphotoEn general, hay una gran cantidad de aparatos electrónicos inalámbricos que deben su existencia a las misiones espaciales. Por ejemplo, los auriculares inalámbricos que utilizamos, habitualmente, para escuchar música se inventaron originalmente para permitir la comunicación entre los astronautas y el centro de control. El caso más peculiar, sin embargo, es el de las aspiradoras inalámbricas. En los años 80, los astronautas necesitaban alguna herramienta para extraer muestras de la superficie de la Luna. Pero las limitaciones eran muchas: tenía que consumir muy poca batería, no utilizar cables, y ser pequeña pero potente. Se encargó a la compañía americana Black & Decker que realizase un prototipo; la tecnología desarrollada ha servido, a posteriori, para todo tipo de electrónicos similares.Otra peculiaridad presente en la mayoría de nuestras casas son las almohadas viscoelástricas. Este tipo de tejido, pensado para amoldarse a nuestro cuerpo con mayor precisión que los rellenos convencionales, se inventó originalmente en el año 1968: se trataba de un tipo de poliuretano con viscosidad añadida cuyo objetivo era, originalmente, proteger los cuerpos de los pilotos de naves espaciales en caso de un posible accidente.La espuma viscoelástica se amolda a las formas del cuerpo.Getty ImagesLa medicina: el campo más ampliamente beneficiado por la investigación espacialAunque, por norma general, las invenciones derivadas de la carrera espacial han sido bien acogidas entre el público, hubo un caso concreto en el que fueron fruto de un gran escándalo: uno de los más grandes que ha vivido el ámbito de la natación profesional. En el año 2008, el centro de investigaciones de la
NASA en Langley, en Virginia, publicó un amplio estudio sobre dinámica de fluidos y fricciones que sirvió a la empresa Speedo para desarrollar un bañador muy peculiar: el LZR Racer, que sirvió, en los Juegos Olímpicos de Pekín, en 2008, para que los atletas que lo utilizaron fuesen capaces de romper 13 récords históricos y apoyó, por ejemplo, al nadador Michael Phelps en sus 8 medallas de oro.Phelps aseguraba que el bañador le hacía sentirse “como un cohete, nada más tocar el agua”; tanto es así que, en el año 2010, este tipo de bañadores terminaron por prohibirse en las competiciones, considerándose “doping tecnológico”.El mundo de la medicina, por otro lado, es quizás el que ha sentido un impacto más beneficioso de las investigaciones de la
NASA. El ámbito de las prótesis —tanto las que sirven para reemplazar extremidades como implantes más concretos, como los de cadera— y, más recientemente, el de los exoesqueletos, sirven para ofrecer opciones de movilidad a personas con dificultades; la fabricación de algunos de los modelos más punteros se basa en tecnologías de conductividad, flexibilidad y diseño de tejidos, como el de fibra de carbono, originalmente creados por la Agencia Espacial norteamericana para su uso en trajes e incluso en las propias naves.Los implantes cocleares utilizados para ayudar a las personas con pérdida de audición a procesar el sonido, de hecho, tienen una historia curiosa: un ingeniero de la
NASA llamado Adam Kissiah sufría problemas auditivos, y estaba insatisfecho con las soluciones que la medicina contemporánea ofrecía en el momento. En 1970, comenzó el desarrollo del primer implante coclear de la historia, pero no como proyecto oficial, sino aprovechando la tecnología de su centro de investigación durante sus descansos.Se le ocurrió la idea de crear un dispositivo que no aumentase las ondas de sonido, como la mayoría de aparatos del momento, sino que utilizase vibraciones para transmitir la información al interior del oído. Cuando, años más tarde, completó su invención, la
NASA otorgó a Kissiah un galardón y un premio monetario de 21.000 dólares, además de facilitarle obtener la patente de un dispositivo que, a día de hoy, ayuda a más de un millón de personas en todo el muindo.Lee tambiénPodríamos poner otros muchos casos: la cirugía láser para la miopía, por ejemplo, es posible gracias a una tecnología que registra el movimiento del ojo que fue, originalmente, pensada para estudiar los efectos de la gravedad espacial sobre la vista humana. Y la comida para bebés y leche en polvo que se consume a día de hoy es mucho más nutritiva de lo que lo era hace unas décadas, gracias a la inclusión de los aminoácidos DHA y ARA, compuestos presentes en la leche materna, pero no en la comida infantil de los años 80. Empezó a añadirse de manera generalizada, sobre todo en Estados Unidos, después de que la
NASA descubriese que la sustancia podía extraerse de un tipo concreto de microalgas.Todo nos hace pensar algo sorprendente, pero cierto: incluso si las naves de las misiones espaciales viajan lejos, los resultados de la carrera espacial acaban, en muchas ocasiones, en nuestros propios hogares.Periodista graduada en la Universidad de Zaragoza y especializada en videojuegos, tecnología retro, y tener demasiadas plumas estilográficas. También me podéis ver en Eurogamer.