Mientras Estados Unidos se prepara para desplegar 3.000 soldados de élite de las tropas aerotransportadas (especializadas en asaltos) para apoyar sus operaciones contra Irán, en la Casa Blanca,
Donald Trump anunciaba que los
Iraníes le habían ofrecido "un regalo" como muestra de buena fe en unas negociaciones que Teherán ha negado repetidamente que estén teniendo lugar. "Nos han dado un regalo, un muy gran regalo, que vale una gran cantidad de dinero. No os voy a decir qué era el regalo, pero era muy significativo (...) No, no os voy a decir, pero tenía que ver con el gas y el petróleo", elaboró Trump. Y concluyó: "Para mí, eso significa que estamos lidiando con la gente adecuada", en una aparente señal de apertura a negociar una salida a la guerra en Irán, incluso con los herederos del ayatolá Ali Jamenei. Poco después, medios
Israelíes y estadounidenses publicaron que Estados Unidos habría entregado a Irán, vía Pakistán, un "plan de 15 puntos" para acabar con la guerra. No ha trascendido de momento el contenido de dichos puntos. Las bolsas se recuperaron, el precio del barril de crudo bajó. Desde el inicio de la operación Furia Épica, Trump ha agitado — con diferentes variaciones— hasta en tres ocasiones posibles rampas de salida al conflicto. Con las consecuentes reacciones de los mercados, que desandaban las escaladas del día anterior. Así que anuncios como el de este martes pueden sorprender a algunos, pero nadie puede decir que sea un giro inédito. Y, quizá porque se detecta un patrón, tampoco se pueden lanzar las campanas al vuelo sobre el final de la guerra. La última vez fue este mismo lunes, cuando
Donald Trump anunció una pausa de cinco días en los ataques contra las infraestructuras energéticas de Irán — justo cuando expiraba el ultimátum de 48 horas que había dado a Teherán para reabrir el estrecho de Ormuz—. El presidente de EEUU es, a estas alturas, de sobra conocido por su táctica de ejercer máxima presión, lanzar una amenaza de nivel existencial y, en el último momento, dar un giro de 180 grados y anunciar, con bombo y platillo, que el escenario más temido, finalmente, no se materializará. Una secuencia habitual en la que los líderes de medio mundo suspiran aliviados, las bolsas celebran con grandes alzas y Trump se anota el inexplicable punto de haber evitado el mismo apocalipsis que prometió desatar. Esta dinámica tiene, eso sí, un nombre extendido que al mandatario no le gusta lo más mínimo: TACO, acrónimo de "Trump always chickens out" (Trump siempre se acobarda). Y los mercados han aprendido bien a identificar este patrón. Por eso, cuando el presidente anunció la pausa en Truth Social, la reacción fue inmediata: el precio del petróleo cayó con fuerza ante la expectativa de que el conflicto había iniciado, oficialmente, su fase de desescalada. El fenómeno fue análogo al pasado 9 de marzo, cuando Trump aseguró que la guerra estaba "prácticamente terminada". En aquel entonces, se cumplían 10 días del conflicto y el magnate republicano aseguró que EEUU iba "muy por delante" del cronograma previsto originalmente de cuatro o cinco semanas de hostilidades. "No tienen armada, ni comunicaciones, ni fuerza aérea. Sus misiles están dispersos. Sus drones están siendo destruidos por todas partes, incluyendo su fabricación. No tienen nada", aseguró el mandatario, para concluir que la guerra "va a ser una excursión breve". En aquel momento, mientras Trump aseguraba que la guerra estaba "prácticamente terminada", también elucubraba en entrevistas televisivas sobre la idea de "tomar el control" del estrecho de Ormuz. Las bolsas subieron inmediatamente ante la perspectiva del fin de la guerra y el petróleo, que justo ese día asaltaba la cota psicológica de los 100 dólares, tocando incluso los 120 dólares por barril, cayó hasta los 90 dólares. Por qué no funciona tan fácil con Irán Sin embargo, esos paréntesis, todavía muy útiles y que demuestran que al ex showman todavía le funcionan los trucos, no suelen durar más de un día, o lo que tarda Teherán en negar, como este lunes, de forma tajante que exista cualquier tipo de negociación, directa o indirecta, con Washington, y evitando en todo momento validar, al menos públicamente, la idea de que se estuviera abriendo una vía de salida. El martes, el petróleo repuntaba con fuerza y las bolsas volvían a amanecer en rojo... Hasta el mensaje diario de Trump, en este caso, hablando de un valioso "regalo"
Iraní. Aunque no ha dado muchos más detalles, sí que ha confirmado por primera vez que el vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, el enviado especial Steve Witkoff y el yerno Jared Kushner son quienes participan en esas negociaciones. No está claro, sin embargo, con quién negocian, ni el contenido de las mismas. Y es que la herramienta que Trump ha utilizado de forma recurrente en otros escenarios, como los aranceles contra sus aliados comerciales o el intento de adquirir Groenlandia, depende en gran medida de que la otra parte tenga incentivos para aceptar esa desescalada. Y en el caso de Irán, esos incentivos pueden ser, precisamente, los contrarios. El conflicto entra ya en su cuarta semana con un balance que se aleja de las expectativas iniciales de Washington y Tel Aviv. Los objetivos declarados en los primeros días de la campaña —lograr un cambio de régimen y desmantelar por completo su programa nuclear— están todavía lejos de cumplirse. A pesar de los ataques masivos, de la eliminación de altos cargos y de la destrucción de gran parte de la capacidad militar convencional
Iraní, el Gobierno de la República Islámica sigue funcionando, ha adaptado su estructura de mando y mantiene capacidad para sostener operaciones ofensivas. Lejos de colapsar, el régimen ha absorbido el impacto inicial y ha demostrado, además, que puede hacer pagar un alto precio a Estados Unidos, a sus vecinos del Golfo y, en última instancia, a la economía global mediante el cierre de facto del estrecho de Ormuz. La táctica
Iraní Esta presión sobre la mayor arteria energética global —y la expectativa de que se mantenga— es la mayor baza del Gobierno
Iraní para su propia supervivencia. Imponer un coste a la ofensiva de EEUU e
Israel tan alto que se vuelva inasumible. Por supuesto que el régimen prefiere un fin de la guerra, pero hasta que lo tenga garantizado, cualquier gesto de distensión juega en su contra. En crisis anteriores en las que Trump se apartó del abismo en el último momento, su táctica tenía efectos positivos inmediatos para todas las partes. En la guerra con Irán, sin embargo, la relación es inversa. La estabilización de los mercados alivia la presión sobre Washington, pero roba a Irán su mayor carta. Es por eso que cuando Trump lanza estos mensajes para calmar a los mercados, al mismo tiempo fuerza a Irán a escalar: necesita que la disrupción sea global, para poder ejercer la suficiente presión. Todo esto siempre sobre la hipótesis de que los
Iraníes se fiaran lo suficiente del equipo negociador para abrirse a un proceso rápido y contundente para finalizar el conflicto en pocos días. Algo que no parece muy plausible, con la experiencia que Teherán ha ido extrayendo de negociaciones anteriores con EEUU. Tras el regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025, las negociaciones sobre el programa nuclear
Iraní saltaron por los aires cuando
Israel lanzó su ofensiva militar sobre el país, y tras diez días, EEUU se sumó a la campaña. En esta ocasión, las negociaciones estaban "avanzando" cuando
Israel y EEUU mataron al ayatolá. "Para los responsables políticos
Iraníes, han quedado en evidencia dos dinámicas paralelas: Trump ha utilizado la diplomacia como un instrumento para engañarlos, pero se ha mostrado reacio a entrar en la guerra hasta tener la certeza de que la intervención implicaría riesgos mínimos", resume el medio Amwaj, en una pormenorizada reconstrucción de cómo falló la última ronda de negociaciones Irán-EEUU. En el artículo, incluyen una profética frase que el ministro de Exteriores
Iraní, Abbas Araghchi, habría espetado al equipo negociador estadounidense, compuesto por Kushner y Witkoff. "Pueden lanzar un ataque, y nosotros ejerceremos nuestro legítimo derecho a la defensa. Nadie saldrá ganando en ese escenario y, después, tendrán que regresar a esta misma mesa de negociación… y ni siquiera es seguro que entonces alguien quiera seguir negociando con ustedes". ¿Y el tercero en discordia? El tercero en discordia,
Israel, ha demostrado ya cierta confusión con los mensajes de estos dos últimos días sobre un proceso negociador al que no estaría invitado. "Yo abordaría esto [los anuncios de negociaciones] con cautela, con reservas. Es la madrugada del lunes en Estados Unidos, el inicio de la semana bursátil. Los mercados abrieron al alza, tal como se esperaba tras los informes del fin de semana sobre las negociaciones y la última declaración de
Donald Trump. Dicho esto, no consideraría esta medida como un paso definitivo. Vimos un patrón similar la semana pasada. Los precios del petróleo también han bajado, lo que respalda el optimismo a corto plazo. Por ahora, parece que ha ganado unos días más, aproximadamente hasta la cuarta semana, hasta que lleguen los marines y completen su despliegue inicial y su fase de organización. Los
Iraníes ya lo están negando", aseveraba una fuente militar
Israelí a SkyNews. No hay, a fin de cuentas, nada que asegure a los ayatolás que
Israel no continuaría con su guerra sobre Irán. Incluso si Trump no estuviera simplemente ganando tiempo y realmente buscara una salida del conflicto —algo complicado, entre otros factores, por la presión de
Israel y de Arabia Saudí—, obtenerla sería una tarea políticamente envenenada. Por un lado, en pleno año electoral, el presidente no puede permitirse cualquier salida, sino una que pueda presentar como una victoria. Aunque claramente Trump considera que militarmente ha ganado la guerra, y es problema de la prensa no contarlo así, Estados Unidos todavía no ha alcanzado ninguno de los objetivos que justificarían dar por terminada la campaña, especialmente tras el elevado listón que el propio Trump fijó desde el inicio. Eso reduce considerablemente el margen político para cerrar el conflicto sin que se interprete por el público estadounidense como una derrota. Además, una retirada sin haber neutralizado de forma duradera la capacidad militar del régimen dejaría a los aliados regionales expuestos frente a un actor que habría aprendido la lección de que puede arrancar concesiones elevando la presión sobre el Golfo. Es cierto que el régimen
Iraní quedaría seriamente dañado a nivel material y económico, pero también reforzado en términos políticos y estratégicos: habría sobrevivido a una guerra abierta contra Estados Unidos e
Israel y demostrado que, ante cualquier ataque futuro, puede doblegar al mundo mediante el cierre del estrecho.